(Antes de empezar a escribir quiero exponer que estoy faltando a la regla que dispuse para este blog, me refiero a no involucrar mis desazones aquí.-¿pero si ya lo hiciste en todos los posts anteriores?-Que más da, uno más o menos. Aquí voy).
Han pasado ya varios meses desde que no tengo el mínimo contacto con amigas del colegio. Amigas con todo lo que para mi continúan significando.- En realidad me estoy refiriendo a una en especial-. Al grano, sin anestesia.
De repente si alguien me lee se va a sentir identificado conmigo y de hecho hacerme esa idea me ayuda a no darle tantas vueltas.
Desde que entre a la pubertad me empeciné con una idea tonta, absurda, hueca: ser "popular" (hasta ahora no entiendo cómo es que llegué a confiárselo a mi mamá).
Llevaba poco tiempo viviendo en Lima- dicho sea de paso, mi papá es militar y como buen militar era destacado cada cierto tiempo a alguna provincia- digamos que llegaba a quedarme todos los próximos años de mi vida y aquí estoy. Una de las razones fue que a mi madre le preocupaba mucho la educación que estábamos recibiendo mi hermano y yo: "Ya están creciendo y en provincias la educación es muy mala, decía". Me matricularon en el Pedro Ruíz Gallo, colegio para hijos de militares que es muy distinto a militarizado, ojo. 5to "D", ¿dónde diablos quedaba ese salón? Por esos años el colegio me parecía enorme, ahora ya no tanto. Como recién llegadita tienes que saber que te harán bullying y más aún si tienes algún defectito. Soy de estatura pequeña, por debajo de 1.60cm y para ese momento era lo peor que me podía estar pasando (ahora me río). Sin embargo, me cruzé con una chica la que hoy es mi amiga y la quiero muchísimo: "Hola, ¿cómo te llamas?, ¿quieres ser mi amiga?, me dijo mientras terminaba de subir las escaleras para llegar al bendito 5to "D". Me costó lagrimas acostumbrarme a los tratos de "la gentita vivita". Era muy sana, la verdad, y hasta tímida.
(Pareciera que me estoy yendo por las ramas, y sí, es probable, pero refrescar esos días me está gustando)
Ya en secundaria mi personalidad era otra. Quienes me hicieron en los últimos años de primaria la vida de cuadritos eran mis amigos o compañeros de clase con quienes me podía reír y ya no chillar como tontita. Recuerdo muchísimo el segundo año de secundaria porque fue el tiempo en el que me volví "popular"; la chicas más populares de mi promoción me miraron; me invitaban a sus reuniones y pijamadas de chicas. "Mi sueño de puber hecho realidad". Pronto, sin exagerar, la mitad de la promoción me conocía. Yo estaba en mi mejor momento. Esto se mantuvo hasta la mitad del tercer año de secundaria, o quizás me dejó de importar por eso considero esa extensión de tiempo.
De una idea absurda y sin mérito, pasé a tener a las mejores amigas de toda mi vida. La imagen superficial que teniamos para los demás me dejó de importar. No estaba sola, tenía a mis protectoras. A pesar de ser casi once, nos complementábamos muy bien, congeniábamos lo suficiente. Claro, que dentro del gran grupo se formaban subgrupos acompañados de mínimos conflictos tipicos de esa edad. La razón por la que quizá jamás sentí necesidad de alejarme de ellas fue ver y presenciar la forma en la que siempre desembocábamos todas al mismo punto: amistarnos por sobretodo. Nos citábamos en alguna casa, parque, y sacábamos nuestros trapitos; las involucradas vomitaban su rabieta y a los pocos días ya estábamos de pie todas juntas. Claro que hubo picos elevados de pleitos que fueron minando el suelo. Hoy pienso que nuestras ganas de mantenernos siempre unidas forzaron bastantes ratos que debieron dejarse respirar por sí mismos.
Recuerdo con exactitud el día en el que planearon mi iniciación- no mencioné esto anteriormente porque quería dedicarle el espacio respectivo-. La casa de M era la sede del consenso (porque sí, nos encantaba reflejar que eramos un grupo hasta con la posibilidad de crearse un decálogo. Locas). Coincidió con el cumpleaño de la dueña de la casa. Eramos un pueblo- la etiqueta pueblo surgió en medio de la decisión del nombre de grupo que íbamos a llevar; de pronto una dijo: "somos un pueblo". Todas nos echamos a reír. Eso sí, para bulliciosas nos faltaba garganta- Al cabo de una hora, me inicié. Recuerdo haberme ruborizado cuando me dijeron para ser oficialmente el uno que le faltaba al uno: once. De pronto, muchas fotos, música, risas, abrazos. Cada una se iba describiendo como si recién se me hubieran cruzado. Estaba feliz.
Llegado el quinto año, los subgrupos le estaban ganando al grupo que solo no podía defenderse. Las distancias eran notorias. Considero que no solo yo lo sentí así. Hubo quienes organizaron reuniones para solucionarlo todo. Una de ellas, casi la última, fracasó por completo.
"En medio de una lluvia todos nos mojamos". Cada una anduvo resentida con otra; algunos sinsabores eran comprensibles, otros tenían arreglo. Quedamos cinco- digo quedamos porque ese fue el subgrupo por el cual me orienté-. La alegría volvió hasta que de nuevo el desmembramiento. Ya cada una había empezado la universidad entonces era complicado vernos con frecuencia. Sin embargo, hubo una con la que jamás perdí contacto: mi mejor amiga. Siendo tantas, cada una tenía su mejor amiga pero sabíamos compartirlas entre todas.
M: la chica que te dice las cosas sin anestesia. Era trome parchandote con su frase que ojalá haya patentado: "Te lo dije".
¡Mi gran amiga! Dentro de todo me sentía segura con ella. . Jamás dude en confiarle hasta mis peores experiencias. La sentía como mi hermana mayor que me daba el jalón de orejas que mi mamá no podía darme porque si escuchaba mis peripecias le daba patatús. M me dio gratos días, meses, años. Hasta ahora recuerdo todo. Las pijamadas en su casa siguen siendo las mejores: su cuarto con dos camas, como sea allí dormíamos todas. Su cuarto nos conoce, ha sido el depósito de nuestras mayores confesiones. (La nostalgia me gana y yo prefiero ponerle pausa a lo que voy describiendo)

M, no sé si leas esto algún día, pero hasta donde me de la memoria a largo plazo vas a ser mi linda amiga. Yo sé que odiabas mis sentimentalismos porque para ti "era muy nena" pero imagino que lograste sentir el aprecio, cariño y amor de amiga que te tengo. No hemos limado asperezas, pero espero de todo corazón no seguir perdiéndome de hechos importantes para ti. R y yo, nos acordamos de ti en muchos ratos en que nos vemos y creo que tú también nos recuerdas silenciosamente.
A mis veinte años puedo respaldar la frase que mi mamá me repite: "Amigos contaditos con los dedos de la mano". Sí, aunque suene muy tosco, prefiero calidad que cantidad. Poca compañía, mucha confianza y alegría.
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