domingo, 15 de diciembre de 2013

Siete letras

(Antes de empezar a escribir quiero exponer que estoy faltando a la regla que dispuse para este blog, me refiero a no involucrar mis desazones aquí.-¿pero si ya lo hiciste en todos los posts anteriores?-Que más da, uno más o menos. Aquí voy).

Han pasado ya varios meses desde que no tengo el mínimo contacto con amigas del colegio. Amigas con todo lo que para mi continúan significando.- En realidad me estoy refiriendo a una en especial-. Al grano, sin anestesia.
De repente si alguien me lee se va a sentir identificado conmigo y de hecho hacerme esa idea me ayuda a no darle tantas vueltas.

Desde que entre a la pubertad me empeciné con una idea tonta, absurda, hueca: ser "popular" (hasta ahora no entiendo cómo es que llegué a confiárselo a mi mamá). 
Llevaba poco tiempo viviendo en Lima- dicho sea de paso, mi papá es militar y como buen militar era destacado cada cierto tiempo a alguna provincia- digamos que llegaba a quedarme todos los próximos años de mi vida y aquí estoy. Una de las razones fue que a mi madre le preocupaba mucho la educación que estábamos recibiendo mi hermano y yo: "Ya están creciendo y en provincias la educación es muy mala, decía". Me matricularon en el Pedro Ruíz Gallo, colegio para hijos de militares que es muy distinto a militarizado, ojo. 5to "D", ¿dónde diablos quedaba ese salón? Por esos años el colegio me parecía enorme, ahora ya no tanto. Como recién llegadita tienes que saber que te harán bullying y más aún si tienes algún defectito. Soy de estatura pequeña, por debajo de 1.60cm y para ese momento era lo peor que me podía estar pasando (ahora me río). Sin embargo, me cruzé con una chica la que hoy es mi amiga y la quiero muchísimo: "Hola, ¿cómo te llamas?, ¿quieres ser mi amiga?, me dijo mientras terminaba de subir las escaleras para llegar al bendito 5to "D". Me costó lagrimas acostumbrarme a los tratos de "la gentita vivita". Era muy sana, la verdad, y hasta tímida. 
(Pareciera que me estoy yendo por las ramas, y sí, es probable, pero refrescar esos días me está gustando)

Ya en secundaria mi personalidad era otra. Quienes me hicieron en los últimos años de primaria la vida de cuadritos eran mis amigos o compañeros de clase con quienes me podía reír y ya no chillar como tontita. Recuerdo muchísimo el segundo año de secundaria porque fue el tiempo en el que me volví "popular"; la chicas más populares de mi promoción me miraron; me invitaban a sus reuniones y pijamadas de chicas. "Mi sueño de puber hecho realidad". Pronto, sin exagerar, la mitad de la promoción me conocía. Yo estaba en mi mejor momento. Esto se mantuvo hasta la mitad del tercer año de secundaria, o quizás me dejó de importar por eso considero esa extensión de tiempo. 
De una idea absurda y sin mérito, pasé a tener a las mejores amigas de toda mi vida. La imagen superficial que teniamos para los demás me dejó de importar. No estaba sola, tenía a mis protectoras. A pesar de ser casi once, nos complementábamos muy bien, congeniábamos lo suficiente. Claro, que dentro del gran grupo se formaban subgrupos acompañados de mínimos conflictos tipicos de esa edad. La razón por la que quizá jamás sentí necesidad de alejarme de ellas fue ver y presenciar la forma en la que siempre desembocábamos todas al mismo punto: amistarnos por sobretodo. Nos citábamos en alguna casa, parque, y sacábamos nuestros trapitos; las involucradas vomitaban su rabieta y a los pocos días ya estábamos de pie todas juntas. Claro que hubo picos elevados de pleitos que fueron minando el suelo. Hoy pienso que nuestras ganas de mantenernos siempre unidas forzaron bastantes ratos que debieron dejarse respirar por sí mismos. 
 Recuerdo con exactitud el día en el que planearon mi iniciación- no mencioné esto anteriormente porque quería dedicarle el espacio respectivo-. La casa de M era la sede del consenso (porque sí, nos encantaba reflejar que eramos un grupo hasta con la posibilidad de crearse un decálogo. Locas). Coincidió con el cumpleaño de la dueña de la casa. Eramos un pueblo- la etiqueta pueblo surgió en medio de la decisión del nombre de grupo que íbamos a llevar; de pronto una dijo: "somos un pueblo". Todas nos echamos a reír. Eso sí, para bulliciosas nos faltaba garganta- Al cabo de una hora, me inicié. Recuerdo haberme ruborizado cuando me dijeron para ser oficialmente el uno que le faltaba al uno: once. De pronto, muchas fotos, música, risas, abrazos. Cada una se iba describiendo como si recién se me hubieran cruzado. Estaba feliz. 

Llegado el quinto año, los subgrupos le estaban ganando al grupo que solo no podía defenderse. Las distancias eran notorias. Considero que no solo yo lo sentí así. Hubo quienes organizaron reuniones para solucionarlo todo. Una de ellas, casi la última, fracasó por completo. 
"En medio de una lluvia todos nos mojamos". Cada una anduvo resentida con otra; algunos sinsabores eran comprensibles, otros tenían arreglo. Quedamos cinco- digo quedamos porque ese fue el subgrupo por el cual me orienté-. La alegría volvió hasta que de nuevo el desmembramiento. Ya cada una  había empezado la universidad entonces era complicado vernos con frecuencia. Sin embargo, hubo una con la que jamás perdí contacto: mi mejor amiga. Siendo tantas, cada una tenía su mejor amiga pero sabíamos compartirlas entre todas. 

M: la chica que te dice las cosas sin anestesia. Era trome parchandote con su frase que ojalá haya patentado: "Te lo dije". 
¡Mi gran amiga! Dentro de todo me sentía segura con ella. . Jamás dude en confiarle hasta mis peores experiencias. La sentía como mi hermana mayor que me daba el jalón de orejas que mi mamá no podía darme porque si escuchaba mis peripecias le daba patatús. M me dio gratos días, meses, años. Hasta ahora recuerdo todo. Las pijamadas en su casa siguen siendo las mejores: su cuarto con dos camas, como sea allí dormíamos todas. Su cuarto nos conoce, ha sido el depósito de nuestras mayores confesiones. (La nostalgia me gana y yo prefiero ponerle pausa a lo que voy describiendo)


M, no sé si leas esto algún día, pero hasta donde me de la memoria a largo plazo vas a ser mi linda amiga. Yo sé que odiabas mis sentimentalismos porque para ti "era muy nena" pero imagino que lograste sentir el aprecio, cariño y amor de amiga que te tengo. No hemos limado asperezas, pero espero de todo corazón no seguir perdiéndome de hechos importantes para ti. R y yo, nos acordamos de ti en muchos ratos en que nos vemos y creo que tú también nos recuerdas silenciosamente.

A mis veinte años puedo respaldar la frase que mi mamá me repite: "Amigos contaditos con los dedos  de la mano". Sí, aunque suene muy tosco, prefiero calidad que cantidad. Poca compañía, mucha confianza y alegría. 

...

domingo, 4 de agosto de 2013

Me aloqué

Quítame la cabeza, ponme el corazón. Déjalo allí para siempre.
Mis impulsos me han ganado la batalla. Me quito la pantalla y expongo este anhelo diario, constante y delirante.

Mi primer cuasipoema

Mujer,
das luz a tus críos
crecen en tu lecho
en pleno desafío
los frutos del hecho
Mujer,
el desafío te sigue atando
los frutos descienden
y el dolor te está matando
Mujer,
de desafíos tú conoces
y de dolores, también
nunca le has temido a los roces
ni a las balas en la sién
ya has oído las voces
que tú de la vida sabes bien.




A mi mami








Marte

Yo no quiero dormir. Yo no quiero dormirte. Yo no quiero ver el lado oscuro. Yo no quiero verte en el lado oscuro. Tengo miedo. Yo no quiero que me temas, que temas. Yo no quiero morir. Yo no quiero matar. Yo no quiero matarte. Yo no quiero que te mueras. Yo no quiero verte al otro de la acera. Yo no quiero estar del otro lado de la acera. Yo no quiero borrarte. Yo no quiero que me borres. Yo no quiero no pensarte. Yo quiero que me pienses. Yo no quiero que te vayas. Yo no quiero irme. Yo no quiero quedarme a la mitad. Yo no quiero desprenderme. Yo no quiero desprenderte. Yo quiero despegar. Yo quiero que me despegues. Yo quiero que despeguemos. Yo quiero ir a marte. Esperame ahi

XIV

Pulsasiones: a veces rápidas, a veces lentas, a veces moribundas. Bastan cinco letras convertidas en respiros para que se recuperen. Son cinco y a mi también me revivieron. Son cinco y tú sabes pronunciarlas. Ellas y tú me acarician.
Sí. El tan definido, atractivo, esperado, tuyo, te amo. Solo el tuyo. El que me desarma y vuelve a construirme. El sostén de mi suelo movedizo y tìmido. Sí. El tuyo. El único para la vida de esta terrícola que todavía no conoce su profundidad y volumen, pero que sabe que ahora es real. Lo sabe. Es terca, insegura, pero la intuición no siempre le juega sucio. ¡Vaya antídoto que revive! Me devuelve aquí cuando lo dices, y lo que es aún más envidiable: sabe cuando actuar. Conoce sus efectos: en gotas, de a pocos, pero que trascienda.

jueves, 30 de mayo de 2013

Noche de café
20:30h. Llegó la hora. S esperaba ansiosamente volver a ver a aquella mujer que alguna vez revoloteó su circulación. El minutero bordeaba en reversa y él recordaba esos días en los que, joven y desinhibido, merodeaba la calle Santa Cruz a la espera de su Venus. María, como brújula sin aguja, no tenía rumbo ni camino. Esperaba al amor con la mente y los pulmones vacíos. Fue una tarde de primavera, el invierno no quería abandonar y ésta estaba dispuesta a quedarse desde el 23. La ansiosa pista abría camino al encuentro acordado; el semáforo daba el verde, las piernas de María en ese momento eran de otra persona: torpes y temblorosas cruzaron las franjas blancas. Al otro lado de la acera estaba él, mudo y con la mirada puesta en ella. Las calles los acompañaban al compás de sus pasos, una tras otra, sin perder al dúo. Se detuvieron en el límite del distrito; los arbustos y muros invitaban a apoyarse en ellos: el mar miraba hacia arriba con olor a redes de pescar y sabor a humedad. Accedieron a la invitación. El diálogo fluía y no deseaba confabular con el tiempo. Este no era precisamente el recordatorio de todo lo que la mente no quería suprimir. Para ellos, las penas pasadas eran truenos mudos y rayos sin luz. Se preparaban para lo inquieto, alocado y desenfrenado de la vida sin apartar el consenso repetitivo de evitar el daño aparatoso.
Tres meses habían transcurrido, sin duda,  la bomba que nos enciende y arremete con todo cuando llega el “indicado”, seguía asegurándole a S que ella era su chica, su novia. La amaba desde el aire inhalado para decírselo hasta la última letra de la frase dicha. Para él, era su musa, con sabor a música y olor a pachuli. Sin embargo, María estaba al otro lado del camino, el tiempo la había contagiado de rutina y tedio. Se sentía encapsulada como oruga en su capullo: asomaba la cabeza y veía lo mismo una y otra vez. Un día se asomó. Cansada y harta,  decidió despojarse del capullo. Al encuentro de la novedad. Su brújula ya tenía aguja, pero se disparaba de extremo a extremo. Se dio: la novedad no tenía cuerpo ni rostro, andaba en busca de ambos. Quien más que María para ser su candidata. El alma la poseyó: se le avivaron los ojos de tanta adrenalina. A las 17:00 horas vería a S, como de costumbre. Llegó y él no lo notó.
Pasaron los días, meses. Existía algo distinto en ella: quizás había perdido la magia que avivaba a S. La conexión se rompió. Él se desvaneció en los desaseados errores de tanta pena. De María no se supo más.
Diez años después. Las bodas de los amigos. Las parejas crecían y se convertían en familias. S fue capturado por ellos: se casó. Fue un matrimonio sencillo y con los parientes más cercanos. A pesar del tiempo transcurrido, él no olvidaba a quien fue su única y eterna musa. Ella era de piel morena, cinturita de reloj de arena y rostro ovalado, casi perfecta: la más deseaba por los instintos carnales de los hombres. S la quería, sí. Su relación marital era lineal, sin picos ni bajas. Los aniversarios llegaron prontamente: celebraron las bodas de plata. Dieciséis años más tarde, su esposa Claudia decidió hacer un viaje a Europa con unas amigas.
El vuelo estaba programado para las 3:00 am de un viernes de invierno. Era la primera vez que viajaba sin él. Segura y ansiosa, arribó el avión. S, al volver a casa, se recostó. La cama estaba helada y sus pensamientos medianamente despiertos. Sus ojos se taparon con los parpados y se echó a dormir. Amaneció. Recibió una llamada diurna: la pena lo embargó. Su esposa, linda y perfecta, había fallecido. El avión había entrado en turbulencia y la tripulación perdió el control de este. Ningún sobreviviente.
En ese mismo año se jubiló. Las fuerzas lo vencieron. Necesitaba de vuelta, la sensibilidad, el amor y a su musa. ¿Qué había sido de ella? ¿De su locura en etapa universitaria? Buscó su agenda en medio del desorden. En lo más hondo de la caja se asomaban su letra, su nombre y su número telefónico. El ring del teléfono al otro lado: contestó. Pactaron la cita para las 20:30h. Esta vez en un café.
Sentados frente a frente intercambiaron miradas. María tenía el rostro avejentado y negruzco, los ojos de felino y los dientes vampíricos. ¿Quién era esa mujer? S la miró una y otra vez. La quinta bastó para reafirmar que no era la misma musa.
Sus piernas anduvieron velozmente, jalaron su tronco y despegaron hacia las afueras del café.
S huyó.

 No se supo más de él. 

martes, 12 de marzo de 2013

Una cucharada de Nutella
Baño con agua tibia
Su mano rosando mi espalda
Arroz con leche caliente
Mocha con menta helado
La llegada del viernes
Comernos el mango
Hundir los dedos en el arroz o lentejas
Frunas en la lengua
Aceitunas antes de dormir
Fumar con él
La sonrisa de mi mami
Bon o bon
Deslizarse en patines
Música a todo volumen en los oídos
Dormir hasta perder la conciencia o ser una piedra