Noche de café
20:30h. Llegó la hora. S esperaba ansiosamente volver a ver a aquella mujer que alguna vez revoloteó su
circulación. El minutero bordeaba en reversa y él recordaba esos días en los
que, joven y desinhibido, merodeaba la calle Santa Cruz a la espera de su
Venus. María, como brújula sin aguja, no tenía rumbo ni camino. Esperaba al
amor con la mente y los pulmones vacíos. Fue una tarde de primavera, el
invierno no quería abandonar y ésta estaba dispuesta a quedarse desde el 23. La
ansiosa pista abría camino al encuentro acordado; el semáforo daba el verde,
las piernas de María en ese momento eran de otra persona: torpes y temblorosas cruzaron
las franjas blancas. Al otro lado de la acera estaba él, mudo y con la mirada
puesta en ella. Las calles los acompañaban al compás de sus pasos, una tras
otra, sin perder al dúo. Se detuvieron en el límite del distrito; los arbustos
y muros invitaban a apoyarse en ellos: el mar miraba hacia arriba con olor a
redes de pescar y sabor a humedad. Accedieron a la invitación. El diálogo fluía
y no deseaba confabular con el tiempo. Este no era precisamente el recordatorio
de todo lo que la mente no quería suprimir. Para ellos, las penas pasadas eran
truenos mudos y rayos sin luz. Se preparaban para lo inquieto, alocado y
desenfrenado de la vida sin apartar el consenso repetitivo de evitar el daño
aparatoso.
Tres meses habían transcurrido,
sin duda, la bomba que nos enciende y
arremete con todo cuando llega el “indicado”, seguía asegurándole a S que
ella era su chica, su novia. La amaba desde el aire inhalado para decírselo
hasta la última letra de la frase dicha. Para él, era su musa, con sabor a
música y olor a pachuli. Sin embargo, María estaba al otro lado del camino, el
tiempo la había contagiado de rutina y tedio. Se sentía encapsulada como oruga
en su capullo: asomaba la cabeza y veía lo mismo una y otra vez. Un día se asomó.
Cansada y harta, decidió despojarse del
capullo. Al encuentro de la novedad. Su brújula ya tenía aguja, pero se
disparaba de extremo a extremo. Se dio: la novedad no tenía cuerpo ni rostro,
andaba en busca de ambos. Quien más que María para ser su candidata. El alma la
poseyó: se le avivaron los ojos de tanta adrenalina. A las 17:00 horas vería a
S, como de costumbre. Llegó y él no lo notó.
Pasaron los días, meses. Existía
algo distinto en ella: quizás había perdido la magia que avivaba a S. La
conexión se rompió. Él se desvaneció en los desaseados errores de tanta pena. De
María no se supo más.
Diez años después. Las bodas de
los amigos. Las parejas crecían y se convertían en familias. S fue
capturado por ellos: se casó. Fue un matrimonio sencillo y con los parientes
más cercanos. A pesar del tiempo transcurrido, él no olvidaba a quien fue su
única y eterna musa. Ella era de piel morena, cinturita de reloj de arena y
rostro ovalado, casi perfecta: la más deseaba por los instintos carnales de los
hombres. S la quería, sí. Su relación marital era lineal, sin picos ni
bajas. Los aniversarios llegaron prontamente: celebraron las bodas de plata. Dieciséis
años más tarde, su esposa Claudia decidió hacer un viaje a Europa con unas
amigas.
El vuelo estaba programado para
las 3:00 am de un viernes de invierno. Era la primera vez que viajaba sin él.
Segura y ansiosa, arribó el avión. S, al volver a casa, se recostó. La
cama estaba helada y sus pensamientos medianamente despiertos. Sus ojos se
taparon con los parpados y se echó a dormir. Amaneció. Recibió una llamada
diurna: la pena lo embargó. Su esposa, linda y perfecta, había fallecido. El
avión había entrado en turbulencia y la tripulación perdió el control de este.
Ningún sobreviviente.
En ese mismo año se jubiló. Las
fuerzas lo vencieron. Necesitaba de vuelta, la sensibilidad, el amor y a su
musa. ¿Qué había sido de ella? ¿De su locura en etapa universitaria? Buscó su
agenda en medio del desorden. En lo más hondo de la caja se asomaban su letra,
su nombre y su número telefónico. El ring del teléfono al otro lado: contestó.
Pactaron la cita para las 20:30h. Esta vez en un café.
Sentados frente a frente
intercambiaron miradas. María tenía el rostro avejentado y negruzco, los ojos
de felino y los dientes vampíricos. ¿Quién era esa mujer? S la miró una y
otra vez. La quinta bastó para reafirmar que no era la misma musa.
Sus piernas anduvieron
velozmente, jalaron su tronco y despegaron hacia las afueras del café.
S huyó.
No se supo más de él.
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