jueves, 30 de mayo de 2013

Noche de café
20:30h. Llegó la hora. S esperaba ansiosamente volver a ver a aquella mujer que alguna vez revoloteó su circulación. El minutero bordeaba en reversa y él recordaba esos días en los que, joven y desinhibido, merodeaba la calle Santa Cruz a la espera de su Venus. María, como brújula sin aguja, no tenía rumbo ni camino. Esperaba al amor con la mente y los pulmones vacíos. Fue una tarde de primavera, el invierno no quería abandonar y ésta estaba dispuesta a quedarse desde el 23. La ansiosa pista abría camino al encuentro acordado; el semáforo daba el verde, las piernas de María en ese momento eran de otra persona: torpes y temblorosas cruzaron las franjas blancas. Al otro lado de la acera estaba él, mudo y con la mirada puesta en ella. Las calles los acompañaban al compás de sus pasos, una tras otra, sin perder al dúo. Se detuvieron en el límite del distrito; los arbustos y muros invitaban a apoyarse en ellos: el mar miraba hacia arriba con olor a redes de pescar y sabor a humedad. Accedieron a la invitación. El diálogo fluía y no deseaba confabular con el tiempo. Este no era precisamente el recordatorio de todo lo que la mente no quería suprimir. Para ellos, las penas pasadas eran truenos mudos y rayos sin luz. Se preparaban para lo inquieto, alocado y desenfrenado de la vida sin apartar el consenso repetitivo de evitar el daño aparatoso.
Tres meses habían transcurrido, sin duda,  la bomba que nos enciende y arremete con todo cuando llega el “indicado”, seguía asegurándole a S que ella era su chica, su novia. La amaba desde el aire inhalado para decírselo hasta la última letra de la frase dicha. Para él, era su musa, con sabor a música y olor a pachuli. Sin embargo, María estaba al otro lado del camino, el tiempo la había contagiado de rutina y tedio. Se sentía encapsulada como oruga en su capullo: asomaba la cabeza y veía lo mismo una y otra vez. Un día se asomó. Cansada y harta,  decidió despojarse del capullo. Al encuentro de la novedad. Su brújula ya tenía aguja, pero se disparaba de extremo a extremo. Se dio: la novedad no tenía cuerpo ni rostro, andaba en busca de ambos. Quien más que María para ser su candidata. El alma la poseyó: se le avivaron los ojos de tanta adrenalina. A las 17:00 horas vería a S, como de costumbre. Llegó y él no lo notó.
Pasaron los días, meses. Existía algo distinto en ella: quizás había perdido la magia que avivaba a S. La conexión se rompió. Él se desvaneció en los desaseados errores de tanta pena. De María no se supo más.
Diez años después. Las bodas de los amigos. Las parejas crecían y se convertían en familias. S fue capturado por ellos: se casó. Fue un matrimonio sencillo y con los parientes más cercanos. A pesar del tiempo transcurrido, él no olvidaba a quien fue su única y eterna musa. Ella era de piel morena, cinturita de reloj de arena y rostro ovalado, casi perfecta: la más deseaba por los instintos carnales de los hombres. S la quería, sí. Su relación marital era lineal, sin picos ni bajas. Los aniversarios llegaron prontamente: celebraron las bodas de plata. Dieciséis años más tarde, su esposa Claudia decidió hacer un viaje a Europa con unas amigas.
El vuelo estaba programado para las 3:00 am de un viernes de invierno. Era la primera vez que viajaba sin él. Segura y ansiosa, arribó el avión. S, al volver a casa, se recostó. La cama estaba helada y sus pensamientos medianamente despiertos. Sus ojos se taparon con los parpados y se echó a dormir. Amaneció. Recibió una llamada diurna: la pena lo embargó. Su esposa, linda y perfecta, había fallecido. El avión había entrado en turbulencia y la tripulación perdió el control de este. Ningún sobreviviente.
En ese mismo año se jubiló. Las fuerzas lo vencieron. Necesitaba de vuelta, la sensibilidad, el amor y a su musa. ¿Qué había sido de ella? ¿De su locura en etapa universitaria? Buscó su agenda en medio del desorden. En lo más hondo de la caja se asomaban su letra, su nombre y su número telefónico. El ring del teléfono al otro lado: contestó. Pactaron la cita para las 20:30h. Esta vez en un café.
Sentados frente a frente intercambiaron miradas. María tenía el rostro avejentado y negruzco, los ojos de felino y los dientes vampíricos. ¿Quién era esa mujer? S la miró una y otra vez. La quinta bastó para reafirmar que no era la misma musa.
Sus piernas anduvieron velozmente, jalaron su tronco y despegaron hacia las afueras del café.
S huyó.

 No se supo más de él. 

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